Le Radeau de la Méduse, Théodore Géricault, c. 1819. © 2010 Musée du Louvre : Angèle Dequier

Ciertamente, tanto Nostalgia (1983) como Sacrificio (1986) presentan unos escenarios apocalípticos que podemos comparar en muchos puntos con las situaciones que la epidemia del Covid-19 nos está haciendo vivir. Al volver a ver las escenas de Tarkovski seleccionadas por Tamara, escuchando estos discursos de fe en la naturaleza, y constatar este acercamiento a la actualidad, también me he preguntado si aquel texto de Fred Vargas, escrito en 2008 (y publicado en enero 2009 por Reporterre) no estaría en lo cierto: ¿ya estamos en los inicios de la 3ª revolución (ecológica)?… De ser así, diría que asistir a (y compartir) este (re)nacimiento me resulta a la vez grandioso y terriblemente triste.

Las confusiones se acumulan. Entonces vuelvo a los discursos de estas dos películas de Tarkovski porque, como dice Domenico, “debemos escuchar las voces que parecen inútiles”; debemos alimentar nuestros sueños, el deseo de “construir pirámides”. La libertad de imaginar, siempre la tenemos. Pero ¿qué nos queda por construir? Por un lado, Alexander constata que “El hombre ha violado la Naturaleza constantemente. El resultado es una civilización construida en la fuerza, poder, miedo, dependencia. […] Utilizamos el microscopio como un garrote. No, ¡esto está mal!” Y por el otro, Domenico apela a la colaboración (solidaria) entre los seres humanos, refiriéndose a una metáfora que nos afecta plenamente, hoy en día: “Debemos mezclar lo que se considera sano, con lo que se considera enfermo. ¿Qué significa vuestra salud? La libertad es inútil si no tenéis el coraje de mirarnos a la cara, de comer y beber con nosotros.” Desde luego, en estos momentos, todos tenemos que confinarnos precisamente porque sabemos que cualquiera de nosotros puede llevar el virus. Ya estamos “mezclados”, y la lógica binaria deja de ser dominante. ¿Entenderemos, ahora, estas palabras gritadas por Domenico? “¡Es lo considerado sano lo que ha llevado al Mundo al borde de la catástrofe!” Nos convendrá ir más allá del pensamiento dualista y del autoritarismo. Cuidando con más atención e igualdad nuestras relaciones con el Otro (y los otros) también estaremos más atentos a nuestra relación con la naturaleza. ¿Sabremos hacerlo? ¿Hemos aprendido a hacerlo? Ésta sería una cuestión de educación, o más bien de evolución del “sentido moral”: del mismo modo que el sentido de la vista ha ido evolucionando, el sentido moral también podría hacerlo, y con él, la fe en el ser humano –a la que también se refería Albert Camus (que desconfiaba de la sociedad, pero no de los hombres)– iría generalizándose. Es lo que más puede ayudarnos a imaginar una sociedad en armonía con la naturaleza. Éste podría ser un gran sueño colectivo: construir una sociedad global más responsable, solidaria, y libre

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