En la adolescencia leí La leyenda de Sleepy Hollow (1820), una obra que escribió Washington Irving  y que construye un cuento sobre el terror que la población de una pequeña villa de Nueva York habría sufrido en 1784 por culpa de un jinete sin cabeza que de noche vagaba por los alrededores del lugar. Allí por donde él pasaba, cultivaba muerte y oscuridad, y el eco de sus cabalgatas nocturnas tenía insomnes a los habitantes de ese valle conocido por sus historias de fantasmas.

En 1999, cuando Tim Burton estrenó su particular versión cinematográfica de esta historia con Johnny Depp de protagonista, fui a verla sin dudarlo. Y no me defraudó porque no se ahorró un toque de humor que en el libro de Irving también tenía sus momentos. Y es que, la idea de un peligroso caballero ecuestre sin cabeza, combinado con fantasmas y terror, de entrada ya da para reír, ni que sea vía un rictus nervioso. Como cuando vemos las imágenes de Vladimir Putin cabalgando a pecho descubierto por las montañas siberianas o a Kim-Jong Un al trote de un caballo blanco en un monte sagrado coreano.

El recurso no es nuevo, aunque ahora lo veamos (y lo suframos) a todo color y vía imágenes en movimiento. La estampa ecuestre ha sido históricamente utilizada por reyes y tiranos para proyectarse como el líder dominador que conquista para el resto de sus congéneres, a quienes por cierto él contempla desde su pedestálica posición. Un énfasis simbólico que hemos visto en estatuas ecuestres como la más grande del mundo, de Gengis Khan en Mongolia, o la más antigua, de Marco Aurelio en la Colina Capitolina de Roma. Y también lo hemos contemplado en pinturas como las cinco versiones que Jacques-Louis David realizó entre 1801 y 1805 sobre Napoleón cruzando los Alpes. En las montañas, bien arriba, como las estampas de Putin y de Kim-Jong Un. Y aquí cabe apuntar que las primeras versiones del retrato ecuestre del emperador francés dibujaban un caballo blanco, sobre el cual parece que el gran líder flote como encima de una nube, allí por los cielos, elevado donde el común de los mortales nunca podrá llegar. Ese era el mensaje. Es el mensaje, también hoy, aunque ahora naufrague más allá de quienes tienen que tragárselo a la fuerza.

Porque de los líderes del pasado, como del caballero descabezado de Sleepy Hollow, nos queda la historia o su leyenda. De los presentes que tiran de este recurso, nos consta, sobre todo, la poca cabeza. Tienen caballo, sí, y lo montan. Pero lo más majestuoso de la estampa lo protagoniza el ser equino. Los que van a lomos del animal, básicamente siembran muerte, oscuridad y terror. Y como el de Sleepy Hollow, también nos huelen a fantasma y a la vez agitan otros como el del fascismo, que ahora también en España se presenta a las elecciones y protagoniza spots electorales al trote. Pero no generan el efecto deseado más que en aquellos que, como con las leyendas, quieren creerlas o se las comen desde la ignorancia.

En esta segunda década del siglo XXI, para el resto, el destino de los líderes sin cabeza pero con caballo es el que le deparó la ciudad de Barcelona en 2016 a la estatua ecuestre de Franco que se expuso a las puertas del Mercat del Born (por cierto, sin testa): mofa y humillación. “¡Mi reino por un caballo!”, parece que griten a lo Ricardo III de Shakespeare, pidiendo algo que les eleve, que les saque de su miseria moral. Pero ni así.

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