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Me parece absurda, cuando la pienso, la idea que inconscientemente suscribo con frecuencia, como todo el mundo, de que la realidad es un conglomerado de cosas yuxtapuestas que llamamos materiales y que reciben cada una de ellas el nombre que les corresponde, como explica la Biblia del momento de la creación. Aunque es verdad que algunos no la leemos y no aplicamos lo que dice al pie de la letra, la leemos sin embargo y tratamos de entender algunos de sus efectos. Se entiende, así, que la vida necesita de esta clase de ficción material lingüística para la supervivencia de la humanidad. Propongo a continuación un ejemplo inspirado en el Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, de Henri Bergson.

Núria, mi madre, se ha sentado en su mecedora. Siempre lo hace después de las comidas. El espíritu científico me ha invitado, a lo largo de estos años de convivencia con ella, a contar el número de veces que se balancea antes de quedar dormida. Mi conclusión es que son necesarios aproximadamente cien movimientos. Vamos a prescindir de la reflexión sobre la estadística y aceptemos 100. 100 movimientos son causa del sueño en la vida de mi madre en la mecedora. 100 explica el sueño de mi madre. Pero la verdad es que, en cuanto me despierto yo del sueño de esta experiencia, me doy cuenta de que 100, por un lado, y el sueño de mi madre al quedar dormida, por el otro, son cosas que no tienen absolutamente nada que ver. Un número de repeticiones y el sueño… Deben ser repeticiones, evidentemente, para ser contadas. Para contar necesitamos suponer la identidad de lo contado en cada caso: si son manzanas, manzanas, si son peras, peras, si son piezas de fruta, piezas de fruta, si son balanceos de la mecedora, balanceos de la mecedora. Tenemos pues una primera suposición absurda. Porque, en la mecedora, como en el columpio, sucede algo contable, algo que se repite. Pero resulta increíble pretender que la repetición del movimiento de la mecedora comparte alguna naturaleza con lo que le ocurre a mi madre. Para ella, aparece un ritmo, como una canción mínima, que produce efectos somníferos porque cada mecida de la mecedora es distinta, contiene en si el efecto de las anteriores y la número cien es un todo que se identifica con el sueño mismo. Y lo esencial es aquí la diferencia entre cada movimiento, lo irreductible del ritmo o de la canción como un todo. Este todo se desnaturaliza cuando lo pensamos como la simple suma de sus partes equivalentes. Una mecida vale cero sueño. Cien veces una mecida serán cien por cero, es decir, cero, cero sueño.

Les frères Lumière tournaient leur premier film il y a 120 ans. FranceInfo Culture (2015) // Bergson llama “el mecanismo cinematográfico de la inteligencia” a nuestra tendencia a analizar el movimiento a partir del reposo de cada instante, de cada fotograma; como si lo primordial fuera el reposo y el movimiento una verdad secundaria añadida. Bergson apuesta por el carácter substancial del movimiento, el tiempo y la vida, justamente en la época del nacimiento del cine.

De modo que cuando hablamos de las almas y de las formas, cuando nos referimos a la educación y al conjunto de sus fenómenos, no estamos ni mucho menos renunciando al mundo material, sino que simplemente desconfiamos de que lo que explica el modelo de este mundo sea siempre relevante para nosotros.

[[ Próximamente, artículo completo en La Maleta de Portbou, número 45, marzo de 2021 ]]

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