Sacrificio (1986), Andréi Tarkovski

Las escenas de dos últimos largometrajes de Andréi Tarkovski, Nostalgia (1983) y Sacrificio (1986), vienen una y otra vez ante mis ojos estos días de confinamiento en casa por causa del  Covid-19.

En el primer filme, el cineasta ruso advierte, mediante el discurso que pronuncia un loco subido en la estatua ecuestre de Marco Aurelio en Roma, que el mundo ha llegado “al borde de la catástrofe” por “haber ensuciado el agua”. Con esta metáfora Tarkovski alude a la agresión del ser humano contra la naturaleza. Su personaje, Doménico, transmite a continuación el mensaje tarkovskiano: “Hay que volver al punto de partida. A aquel punto donde el hombre se equivocó de camino.”

En Sacrificio, una película de índole aún más metafísica, Tarkovski resulta ser todavía más apocalíptico. Cuatro años de vida en Occidente contribuyen a este sentimiento, ya que, después de haber deseado tanto huir de la Rusia soviética, se da cuenta de que en Europa tampoco se defienden los valores que la humanidad más necesita. Hay que añadir que estamos en el contexto de la plena Guerra Fría. Pero es interesante ver qué solución, o qué luz que señale alguna salida plantea aquí el cineasta ruso. Alexander, el protagonista del filme, se propone hacer un sacrificio individual para que “las cosas vuelvan a ser como antes”. Su renuncia consiste en dejar de hablar y de alejarse de los que más quiere “con tal de que Dios, tal vez, dé una nueva oportunidad al ser humano”. Alexander acabará quemando su propia casa ante los ojos de todo el mundo, como un loco. Pero Tarkovski, con el árbol que empieza a brotar al final del Sacrificio -que al comienzo aparece como una rama seca, supuestamente muerta- quiere comunicarnos dos cosas. La primera es la importancia de actuar en el nivel individual. Y la segunda es no perder nunca la esperanza, y luchar incluso por aquello que objetivamente parece imposible. Porque, para citar a su estimado compatriota Dostoyevski, “si tenemos fe, incluso es posible que en algún punto muy lejano dos líneas paralelas puedan converger”.

Lee aquí las reflexiones que le surgen a Hélène Rufat a partir del desafío que plantea Tamara.

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